El jade, para muchas de las culturas del México prehispánico, representó más que un bien material, un objeto de un alto valor sagrado. Su color verde-azul lo relacionaban con el agua y, por lo tanto, con el sustento de los pueblos. En comunidades agrícolas era básico tener asegurado el abasto de agua y la diosa Chalchiuhtlicue junto con Tláloc eran los responsables de ese abasto. Chalchiuhtlicue tenía en su falda varias cuentas de jade que la relacionaban con el agua de los manantiales, ríos, lagos, lagunas y mares. En su honor se sacrificaban prisioneros de guerra y doncellas y sus corazones se ofrecían a los dioses y su sangre a la madre tierra.

 

 

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